26 sept 2011

El sistema eléctrico del mundo en peligro constante debido a fuertes tormentas solares

La NASA advierte de que erupciones de alta energía golpearán el campo magnético de nuestro planeta en unos días y Rusia incluso ha avisado a sus centrales nucleares
Las manchas solares son varias veces el tamaño de la Tierra de grandes 
(en una comparativa con nuestro planeta, la bola azul de la izquierda)

Científicos han descubierto en la superficie del Sol unas nuevas manchas solares, las AR 1302, extremadamente activas, que han comenzado a lanzar gigantescas llamaradas solares de clase X -las más poderosas- hacia el espacio. En concreto, la NASA ha registrado dos nuevas llamaras de la intensidad más alta con niveles de 1,9 y 1,4 respectivamente entre el pasado 22 de septiembre y el sábado, días en los que ha habido una gran actividad solar, ya que también se han producido una decena de llamaradas de clase media (M) y clase baja (C). Estas erupciones de alta energía parecen dirigirse hacia la Tierra y pueden golpear nuestro campo magnético con gran intensidad en cuestión de días. El fenómeno puede causar daños en nuestros sistemas de satélites y comunicaciones. Rusia incluso ha advertido a su centrales nucleares.

Según ha explicado la agencia espacial norteamericana, la fuente de estas llamaradas fueron las manchas solares 1302. Concretamente, entre el 22 y el 24 de septiembre se produjeron un total de 13 explosiones de niveles comprendidos entre el X1,9 de la más intensa hasta el M1,0 de la más débil.

Los expertos han destacado que la llamarada de X1,9 es de dimensiones similares a las registradas el pasado mes de febrero y a principios de septiembre, lo que, a su juicio, demuestra la gran actividad que se espera para este ciclo solar. En este sentido, el Solar Influences Data Analysis Center (SIDC) ha aclarado que las condiciones geomagnéticas actuales son "tranquilas" pero ha alertado de una posible "inestabilidad de activos" estos días como consecuencia de las últimas llamaradas, lo que aumenta las posibilidades de que una eyección de masa coronal se dirija a la Tierra.

Satélites que caen y avisos de emergencia
Mientras, algunos medios rusos han informado acerca de unos "avisos de emergencia" que la Agencia Federal de Energía Atómica (FAAE) ha enviado a todas las plantas nucleares de Rusia, advirtiéndoles de un posible "estallido" del Sol. Según 'Nti', los expertos han señalado que esta situación "podría terminar en un enorme apagón e incluso podría dar lugar a explosiones atómicas espontáneas". Por su parte, 'EU Times' asegura que en el informe la FAAE culpa a las tormentas solares de la caída, el pasado viernes, del satélite UARS de la NASA, lo que, según apuntan, podría ser solo el primer caso de la caída de otros satélites que orbitan cerca de la Tierra.

Las enormes manchas solares son muchas veces más grande que la Tierra, por lo que se espera que liberen poderosas llamaradas de masa coronal en los próximos días. Si la erupción es lo suficientemente fuerte y va directa hacia nosotros, una tormenta de este tipo puede causar problemas en la navegación por satélite, sistemas de comunicaciones y redes de energía por todo el mundo, provocando apagones permanentes ya que la radiación dejaría fritos los transformadores que se encuentren en funcionamiento en esos instantes de parte o incluso de casi todo el planeta, apagones que podrían durar años al no haber suficiente stock de transformadores en el mundo para la demanda ante dicha situación extrema, y cuyo peligro es más real y posible del que podamos pensar.

Varios observadores han informado en webs especializadas de que la mancha masiva 1302 es visible desde la Tierra al atardecer o al amanecer con equipos especializados.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS


En el año 1859 se produjo una gran fulguración solar. La tormenta solar de 1859 fue la más potente registrada en la historia. A partir del 28 de agosto, se observaron auroras que llegaba al sur hasta el Caribe. El pico de intensidad fue el 1 y 2 de septiembre, y provocó el fallo de los sistemas de telégrafo en toda Europa y América del Norte.
Parece que los primeros indicios de este incidente se detectaron a partir del 28 de agosto de 1859 cuando por toda Norte América se vieron auroras boreales. Se vieron intensas cortinas de luz, desde Maine hasta Florida. Incluso en Cuba los capitanes de barco registraron en los cuadernos de bitácora la aparición de luces cobrizas cerca del zenit. En aquella época los cables del telégrafo, invento que había empezado a funcionar en 1843 en los Estados Unidos, sufrieron cortes y cortocircuitos que provocaron numerosos incendios, tanto en Europa como en Norteamérica. Se observaron auroras en zonas de baja latitud, como Roma, Madrid, La Habana y las islas Hawai, entre otras.

La gran tormenta de 1859 fue precedida de la aparición, en el Sol, de un grupo numeroso de manchas solares cercanas al ecuador solar, casi en el momento de máxima actividad del ciclo solar, de una magnitud tan grande que se podían ver a simple vista, con una protección adecuada. En el momento de la eyección de masa coronal el grupo de manchas estaba frente a la Tierra, aunque no parece que sea necesaria tanta puntería, cuando la materia coronal llega a la órbita terrestre abarca una extensión de 50 millones de kilómetros, miles de veces la dimensión de la Tierra.

La intensa fulguración de 1859 liberó dos eyecciones de materia coronal: la primera tardó entre 40 y 60 horas para llegar a la Tierra (tiempo habitual) mientras la segunda, liberada por el Sol antes de que se llenase el vacío dejado por la primera, solamente tardó unas 17 horas para llegar a la Tierra. La primera eyección iba acompañada de un intenso campo magnético helicoidal, según los datos de los magnetómetros de la época. Esta primera etapa quedó registrada en los magnetómetros de superficie como un inicio brusco de actividad, pero no tuvo otros efectos. Al principio apuntaba al norte, pero después de 15 h en lugar de reforzar el campo terrestre se oponía al campo mencionado. Esta oposición liberó gran cantidad de energía, que comenzó a interrumpir las comunicaciones telegráficas y formar auroras boreales, hasta pasados uno o dos días, en que, una vez que el plasma pasó más allá de la Tierra, dejó que el campo magnético de la Tierra volviese a la normalidad.

La fulguración de Carrington del primero de septiembre debió tener temperaturas de 50 millones ºKelvin, por lo que es probable que no sólo emitiera radicación visible, sino también radiación gamma y rayos X. No hay noticia de la observación de una fulguración solar más brillante. La radiación solar sólo tarda unos 8 minuto y medio en llegar a la Tierra y si hubiera habido aparatos de radio y de onda corta en ese tiempo deberían de haber quedado inutilizados. La energía de los rayos X calentaron la atmósfera alta de la Tierra, lo que produjo su expansión entre decenas y cientos de kilómetros.

Como ya se ha mencionado se produjo una segunda ráfaga de viento solar. En el momento del impacto con la Tierra de esta segunda fulguración el campo magnético del plasma apuntaba hacia el sur, con lo que el caos geomagnético no tardó en manifestarse: la magnetosfera terrestre que suele estar a unos 60.000 km de la Tierra fue comprimido hasta llegar a unos 7.000, hasta alcanzar, quizá, la estratosfera. Cuando el cinturón de radiación de Van Allen desapareció temporalmente gran cantidad de protones y electrones se descargaron hacia la atmósfera, lo que podría haber sido la causa de las auroras boreales observadas.

La fulguración solar y la fuerte eyección de materia coronal aceleraron los protones hasta energías de 30 millones de electronvolt si no aun mayores, lo que hizo que estas partículas entrasen, en el ártico, hasta unos 50 kilómetros de la superficie terrestre y que estas partículas depositasen una cantidad extra de energía en la ionosfera que, según Brian C. Thomas de la Universidad de Washburn desencadenó una reducción del ozono estratosférico de un 5%, y que tardó unos 4 años para recuperar lo que se había perdido. Una gran "lluvia" de neutrones pudo abarcar la superficie de la Tierra, pero, debido a que en aquel tiempo no había detectores, no se pudo registrar, y parece no tuvo consecuencias para la salud.

Mientras las auroras se extendían desde las latitudes altas, que les son propias, hasta otras más bajas, las corrientes eléctricas de la ionosfera y de las mismas auroras indujeron corrientes intensas a través de los continentes, y que entraron en los circuitos de telégrafo y que llegaron a quemar algunas estaciones y produjeron electrocuciones.

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